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El efecto Vaca Muerta: cómo una formación geológica transforma economía, infraestructura y ciudad

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El efecto Vaca Muerta: cómo una formación geológica transforma economía, infraestructura y ciudad

Publicado: 24/02/2026

Vaca Muerta es una de las formaciones geológicas más relevantes del mundo en materia energética y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de explicar con precisión. No es un yacimiento en el sentido clásico del término, sino una estructura subterránea que se extiende por más de 35.000 kilómetros cuadrados bajo las provincias de Neuquén, Río Negro, La Pampa y Mendoza, dentro de la Cuenca Neuquina.

En esa área se concentra la segunda reserva de gas y la cuarta de petróleo no convencional del planeta, un volumen capaz de abastecer a la Argentina durante más de un siglo y medio, valuado en cifras que superan varios PBI anuales del país. Invisible a simple vista, Vaca Muerta redefine el mapa energético argentino y proyecta efectos que exceden ampliamente al sector hidrocarburífero.

Vaca Muerta es, en rigor, una formación sedimentaria de origen marino, depositada durante el período Jurásico en un ambiente con altos niveles de materia orgánica. Esa condición explica su potencial energético, pero también la complejidad técnica que implica su explotación, ya que, a diferencia de los reservorios convencionales, aquí el petróleo y el gas no fluyen de manera natural, sino que permanecen atrapados en la roca madre. Debido a esto se requieren tecnologías específicas para ser liberados, siendo esta característica el punto de partida de una cadena de decisiones económicas, industriales y territoriales que impactan en ciudades, infraestructuras y formas de habitar.

El nombre Vaca Muerta apareció por primera vez en 1931, cuando el geólogo estadounidense Charles Edwin Weaver identificó la formación aflorando en la sierra homónima en el oeste neuquino. Weaver, doctor en Geología y Paleontología, reconoció la continuidad de estos estratos y su relevancia dentro de la columna sedimentaria de la cuenca. Años más tarde, en 1946, el geólogo Pablo Groeber sentó las bases científicas para comprender la estructura profunda de la cuenca y su potencial como roca generadora de hidrocarburos.

Recién en los últimos 15 años, con el desarrollo de tecnologías no convencionales y el cambio en la ecuación energética global, Vaca Muerta se convirtió en un eje estratégico. Hoy, más del 50% del petróleo que produce Argentina y cerca del 45% del gas natural provienen de esta formación. La producción diaria ronda los 350.000 barriles de petróleo y los 90 millones de metros cúbicos de gas.

A comienzos de 2026, el desempeño del sector energético dejó un superávit comercial superior a los 600 millones de dólares con exportaciones ampliamente por encima de las importaciones. Esta cifra fijó un nuevo piso estructural para el ingreso de dólares provenientes de la energía, en línea con lo observado durante gran parte de 2025. El dato refuerza la idea de que Vaca Muerta dejó de ser una promesa futura para convertirse en un componente estable del esquema macroeconómico con capacidad real de incidir en la balanza comercial y en las proyecciones de mediano plazo.

Este crecimiento está directamente asociado al modelo de operación no convencional. La explotación de Vaca Muerta exige inversiones intensivas, planificación de largo plazo y una logística industrial que funciona sin interrupciones. El subsuelo argentino es propiedad del Estado, y son las provincias las que otorgan concesiones y permisos de exploración y explotación. En este esquema, conviven empresas estatales, privadas locales y grandes compañías internacionales, muchas veces asociadas en joint ventures.

La petrolera de mayoría estatal YPF impulsó el desarrollo inicial de Vaca Muerta y logró atraer socios estratégicos internacionales. Junto a ella operan compañías como Chevron, Shell, Exxon Mobil, Total Energies, Pan American Energy, Vista Energy y Tecpetrol. Todas invierten miles de millones de dólares en pozos, ductos, plantas de tratamiento y sistemas de transporte, a cambio del derecho a producir y comercializar hidrocarburos bajo contratos regulados,

El carácter de largo plazo del negocio es una de sus notas distintivas, ya que la rentabilidad depende de la escala, la eficiencia operativa, los precios internacionales de la energía y la estabilidad normativa. Por eso, además de perforar, las empresas invierten en infraestructura vial, energética y logística, así como en capacitación de mano de obra local.

Así, Vaca Muerta funciona como sistema territorial extendido, compuesto por una constelación de pozos, campamentos, áreas industriales y centros urbanos en expansión. El impacto más visible se registra en localidades como Añelo, que en pocos años pasó de ser un pequeño poblado rural a convertirse en el corazón operativo del desarrollo. Ubicado a unos 100 kilómetros de la capital neuquina, este pueblo recibe diariamente a decenas de miles de trabajadores, mientras su parque habitacional crece a un ritmo muy inferior a la demanda.

La presión sobre la vivienda, los servicios y la infraestructura urbana es uno de los efectos más críticos del proceso. La falta de soluciones habitacionales suficientes obliga a miles de personas a trasladarse diariamente desde otras ciudades con costos elevados y riesgos asociados. Al mismo tiempo, el suelo se valoriza, aparecen desarrollos inmobiliarios acelerados y proliferan soluciones transitorias que, con el paso del tiempo, se consolidan.

Hoteles de paso, viviendas modulares y parques logísticos ocupan un lugar central en la configuración urbana, en un contexto donde la urgencia productiva suele imponerse a la planificación. Por eso, el desafío es eminentemente urbano: cómo alojar trabajadores temporales y permanentes, cómo dimensionar infraestructura para ciclos económicos variables, cómo proyectar ciudad en un territorio cuya vocación principal no es residencial, sino productiva.

En Añelo, como en otros nodos de la cuenca, la escala de decisión muchas veces excede a los gobiernos locales. El modelo energético es nacional, incluso internacional, y se superpone a herramientas de ordenamiento pensadas para contextos muy distintos. El territorio se vuelve operativo antes que habitable, y esa tensión atraviesa cada decisión de diseño urbano, infraestructura y gestión.

En paralelo, se desarrollan iniciativas de formación técnica y capacitación que buscan anclar conocimiento y empleo en la región. El Instituto de Formación Técnica Vaca Muerta, impulsado por un consorcio de empresas del sector junto al gobierno provincial, es un ejemplo de cómo la industria comienza a pensar en términos de arraigo y continuidad. Operadoras y firmas de servicios participan de estos programas con el objetivo de formar mano de obra especializada y reducir la dependencia de trabajadores itinerantes.

Las cifras que acompañan este proceso son elocuentes: la inversión anual en Vaca Muerta se estima entre 8.000 y 10.000 millones de dólares. Las exportaciones de crudo crecen de manera sostenida con destinos como Chile, Estados Unidos y Europa, y el potencial exportador de gas natural licuado se perfila como uno de los grandes vectores de ingreso de divisas hacia el final de la década. Según estimaciones oficiales, un desarrollo pleno de la formación podría convertir al complejo hidrocarburífero en uno de los principales generadores de dólares del país hacia 2030.

El futuro de Vaca Muerta, sin embargo, no se juega solo en términos productivos. El mundo avanza hacia una transición energética que redefine prioridades y horizontes temporales. En ese contexto, algunas interrogantes surgen en torno a cómo se inscribe Vaca Muerta en un proceso de transformación más amplio, qué infraestructuras quedarán cuando el ciclo extractivo se desacelere, qué ciudades lograrán consolidarse, qué huellas serán reversibles y cuáles permanecerán.

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