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¿Qué pasa con la basura espacial? La órbita también necesita mantenimiento

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¿Qué pasa con la basura espacial? La órbita también necesita mantenimiento

Publicado: 10/09/2026

Más de 46.700 objetos fabricados por el ser humano son seguidos regularmente desde la Tierra. La cifra, ya considerable, representa apenas la parte que los sistemas de vigilancia pueden identificar y mantener catalogada. Los modelos de la Agencia Espacial Europea estiman que existen unos 68.450 objetos mayores de diez centímetros, alrededor de 1.5 millones de fragmentos de entre uno y diez centímetros, y 230 millones de piezas de entre uno y diez milímetros. La masa total supera actualmente las 17.000 toneladas.

La acumulación comenzó prácticamente al mismo tiempo que la actividad espacial. Desde 1957 se realizaron alrededor de 7.300 lanzamientos exitosos que colocaron unos 27.500 satélites en órbita terrestre, de los cuales solo 16.000 permanecen operativos. A ellos se suman cuerpos de cohetes fuera de servicio y los restos generados por episodios de fragmentación registrados desde el comienzo de la era espacial.

Su escala física puede ser mínima y aun así resultar peligrosa, debido a que la velocidad orbital hace que una pieza de apenas un centímetro tenga energía suficiente para provocar daños graves sobre un satélite. En ciertas franjas de la órbita terrestre baja, la concentración de residuos ya se encuentra en el mismo orden de magnitud que la de satélites activos. El crecimiento del tráfico aumenta, además, la cantidad de maniobras necesarias para evitar posibles colisiones.

Aunque las tasas de lanzamiento actuales son aproximadamente diez veces superiores a las de hace una década, detener por completo la actividad espacial no alcanzaría para resolver el problema. Los modelos de la Agencia Espacial Europea indican que la cantidad de residuos seguiría creciendo incluso sin nuevos lanzamientos, porque las colisiones entre objetos que ya están en órbita pueden generar fragmentos a un ritmo mayor que aquel con el que estos desaparecen naturalmente.

Ese escenario está asociado al llamado síndrome de Kessler, que plantea la posibilidad de una reacción en cadena de colisiones capaz de aumentar progresivamente la cantidad de residuos y volver más inseguras determinadas regiones orbitales. Reducir la generación de nuevos desechos resulta entonces insuficiente; también es necesario intervenir sobre algunos de los objetos de gran tamaño que permanecen fuera de servicio y que, en caso de colisión, podrían producir miles de nuevos fragmentos.

Desde 2009, un módulo del cohete japonés H-IIA, encargado de completar la puesta en órbita del satélite GOSAT, permanece a unos 600 kilómetros de altura. Pesa cerca de tres toneladas y mide aproximadamente once metros de largo por cuatro de diámetro. Como ocurre con muchos objetos enviados al espacio durante décadas, nunca fue concebido para ser recuperado ni cuenta con un sistema que facilite su captura.

La empresa japonesa Astroscale eligió precisamente ese objeto para ADRAS-J, una misión destinada a aproximarse a un residuo orbital de gran tamaño y estudiarlo a corta distancia. Durante la operación se realizaron observaciones hasta una distancia de aproximadamente 15 metros, suficiente para registrar en detalle la estructura que deberá utilizarse para su futura captura. Tras 293 días de operaciones, ADRAS-J comenzó en marzo de 2026 su propia desorbitación.

El siguiente paso ya está en preparación y la tripulación tiene previsto su lanzamiento durante el año 2027, esta vez equipada para capturar el objeto residual mediante un brazo robótico que lo conducirá hacia la salida de órbita. Si la operación se completa según lo previsto, Astroscale aspira a realizar la primera remoción de una pieza de gran tamaño que ya se encontraba abandonada y que nunca había sido preparada para ese procedimiento.

La Agencia Espacial Europea trabaja en paralelo sobre ClearSpace-1, otra misión de remoción activa prevista para 2029. El objetivo será un satélite de la propia agencia lanzado en 2001, con un peso aproximado de 95 kilos. La nave encargada de retirarlo utilizará cuatro brazos robóticos para capturarlo antes de iniciar el descenso. La diferencia de escala con el objeto japonés es considerable, pero ambos proyectos se enfrentan a la dificultad común de intervenir sobre piezas proyectadas en una época en la que su futura recuperación no formaba parte de las condiciones de diseño.

La posibilidad de retirar residuos también fue considerada para vehículos concebidos originalmente con otros fines. En 2021, Elon Musk planteó que Starship, la nave reutilizable desarrollada por SpaceX, podría aprovechar la gran abertura de su compartimiento de carga para recoger objetos durante sus recorridos orbitales y devolverlos a la Tierra. La compañía ya había mencionado esa alternativa un año antes, aunque hasta el momento la idea no derivó en una misión específica de limpieza.

Toda esta dificultad está empezando a trasladar el problema hacia una instancia previa: en vez de confiar exclusivamente en futuras naves capaces de resolver la captura de objetos imprevisibles, la industria espacial comienza a incorporar desde el proyecto elementos destinados a facilitar una posible retirada. La Agencia Espacial Europea reúne estas estrategias bajo el concepto Design for Removal, cuyos requisitos de interfaz fueron actualizados en junio de 2026.

Una de las soluciones desarrolladas tiene que ver con una interfaz mecánica de captura que funciona como enganche integrado al satélite. La incorporación de un punto específico para ser capturado modifica una decisión aparentemente menor del objeto, pero expresa un cambio considerable en la manera de proyectarlo. Prepararlo para esa posibilidad implica pensar con anticipación cómo podrá aproximarse un vehículo externo y qué sector de la estructura podrá utilizar para sujetarlo.

Las nuevas exigencias europeas avanzan en esa dirección y, desde 2023, las misiones de la Agencia destinadas a regiones protegidas de la órbita terrestre baja deben reducir de 25 a un máximo de cinco años el período de permanencia después de finalizar sus operaciones. También deben alcanzar una probabilidad superior al 90% de completar correctamente su disposición final. Para determinados objetos se exige, además, incorporar interfaces que permitan una remoción externa si el sistema propio falla.

El fin de vida también empieza a intervenir sobre la elección de los componentes y su disposición dentro de la nave, investigándose cuestiones vinculadas a cómo proyectar vehículos capaces de desintegrarse de manera más segura y reduciendo la posibilidad de que partes resistentes alcancen la superficie terrestre.

Durante buena parte de la era espacial, el proyecto de un satélite podía considerarse resuelto una vez que alcanzaba su órbita y cumplía la función para la que había sido construido. Las miles de toneladas que permanecen alrededor de la Tierra muestran el costo acumulado de haber dejado su etapa posterior fuera de esa ecuación. Las tecnologías de captura intentan ahora intervenir sobre ese legado, pero el cambio de mayor alcance ocurre antes del lanzamiento: cada nuevo objeto empieza a pensarse también a partir de la forma en que, algún día, podrá dejar de estar ahí.

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