En sus primeros informes de evaluación –extensos volúmenes de conocimiento científico sobre el clima publicados aproximadamente cada ocho años– el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático describió cómo podría ser el futuro mediante una serie de escenarios. Cada uno proyectaba un grado diferente de calentamiento global, basado en distintas hipótesis sobre políticas públicas, tecnologías, consumo de energía y crecimiento poblacional. Sin embargo, este enfoque resultaba difícil de comprender para quienes no eran científicos, y mucho más de traducir en medidas concretas.
Cuando se publicó el quinto informe, en 2013, quedó claro que la relación entre las emisiones acumuladas de dióxido de carbono y el aumento de la temperatura era notablemente lineal. Esto implicaba que toda esa complejidad podía resumirse en un concepto relativamente simple: el presupuesto de carbono. Si se quiere limitar el calentamiento a un nivel específico, solo puede emitirse una cantidad determinada de CO₂. Para tener un 50% de probabilidades de limitar el calentamiento a 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, el presupuesto de carbono se estimó en 2.890 mil millones de toneladas. La actividad humana ya había generado emisiones por 2.390 mil millones de toneladas hacia 2019, por lo que restaban unos 500.000 millones.
Ahora, sin embargo, parece que 2026 será uno de los últimos años con margen disponible. La estimación más reciente indica que, a comienzos de 2025, quedaban apenas 130.000 millones de toneladas de CO₂ dentro del presupuesto; y para alcanzar una probabilidad del 67% de mantenerse por debajo del umbral de 1,5 °C, el remanente era de tan solo 80.000 millones de toneladas. Así, al ritmo actual de emisiones (aproximadamente 42.000 millones de toneladas por año) existe un 33% de probabilidad de que el umbral se haya superado hacia fines de 2026, mientras que un calentamiento superior a 1,5 °C parece más que probable para fines de 2027. La conclusión resulta difícil de evitar: la humanidad se dirige hacia un mundo con un aumento de temperatura superior a 1,5 °C.
Idealmente, esto debería obligarnos a reflexionar. El Acuerdo de París de 2015 incluía un reconocimiento tácito de que los países no podían —o no querían— reducir las emisiones con la rapidez suficiente como para evitar un calentamiento peligroso. Por eso, prácticamente todas las trayectorias consideradas viables para mantenerse por debajo de 1,5 °C o incluso de 2 °C –el objetivo más flexible y realista del acuerdo– contemplaban un período de “sobrepaso”, tras el cual las temperaturas volverían a descender.
La duración y magnitud de ese sobrepaso dependerán de la velocidad con que puedan reducirse las emisiones hasta niveles cercanos a cero y del ritmo al que logren desplegarse las tecnologías de emisiones negativas, capaces de absorber dióxido de carbono y compensar así el exceso acumulado. Estas tecnologías de captura de carbono ya existen, aunque todavía a pequeña escala y con costos extremadamente altos.
Así, los gobiernos de 2026 en adelante enfrentarán decisiones complejas. Una vez superado el umbral de 1,5 °C, tanto reducir nuevamente la temperatura mediante emisiones negativas como estabilizarla en un nivel más alto, aunque no catastrófico, es decir, por debajo de los 2 °C de calentamiento, seguirá exigiendo fuertes recortes de emisiones. El futuro, como decía Homer Simpson al terminar de pagar un préstamo, tiene la costumbre de convertirse en el “ahora asqueroso y repugnante”.
Fuente: The Economist

