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Cuando los aviones tuvieron bares y las discotecas soñaron con alas

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Cuando los aviones tuvieron bares y las discotecas soñaron con alas

Publicado: 22/07/2025

Durante la década de 1970, volar no solo significaba trasladarse de un punto a otro. Era una experiencia sofisticada, elegante, incluso lúdica. En un breve pero inolvidable interludio del diseño aeronáutico, las principales aerolíneas del mundo transformaron la parte superior de sus flamantes Boeing 747 en espacios de socialización sin precedentes: bares, salones y hasta pistas de baile en el cielo.

Club nocturno a bordo, mayo de 1972.

Esta tendencia efímera, que combinaba funcionalidad y teatralidad, marcó una era dorada en la aviación comercial e inspiró a diseñadores y arquitectos en tierra firme. Uno de sus ecos más llamativos se vería en el emblemático Club 747 de Rochester, Nueva York, una discoteca que replicó con asombroso detalle la experiencia aérea en pleno apogeo de la fiebre disco.

El primer Boeing 747, introducido por Pan American World Airways en 1970, marcó un antes y un después en la historia de la aviación. No solo por su tamaño o su eficiencia, sino por su abordaje novedoso del lujo: la cubierta superior del avión fue concebida como un restaurante en el cielo para los pasajeros de primera clase. Se trataba de un espacio reservado para el encuentro, la charla y la contemplación del viaje.

Según encuestas de la época, hasta un 30% de los pasajeros elegían volar con Pan Am simplemente por el privilegio de acceder a ese entorno. El diseño circular, la atención personalizada y los acabados elegantes convertían el vuelo en una extensión del estilo de vida cosmopolita.

Qantas, la aerolínea australiana, también supo capitalizar este concepto con su inolvidable Captain Cook Lounge, un salón decorado con motivos náuticos, linternas, timones, tapizados llamativos y patrones ondulados setentosos típicos. Allí, los pasajeros de primera clase podían relajarse con un vino en la mano, hojear una revista o simplemente disfrutar de la atmósfera acogedora con aires de club privado.

Captain Cook Lounge, un bar náutico retro ubicado justo detrás de la cavina del avión australiano Qantas.

American Airlines llevó la apuesta aún más lejos, cuando en 1971 instaló un piano bar completo en la cubierta trasera de sus Boeing 747-100, retirando cerca de 50 asientos para lograrlo. El bar fue inaugurado con una actuación en vivo de Frank Sinatra Jr. y se convirtió en un ícono inmediato. El diseño de este salón, con barra de servicio, banquetas tapizadas y mozos que servían cócteles, generó un nuevo paradigma de viaje.

Salones decorados con colores vibrantes y patrones de los años 70, timones de barco, faroles y separadores de imitación madera.

De a poco la tendencia comenzó a multiplicarse. Air France, Continental y United Airlines desarrollaron sus propios espacios de socialización a bordo con distintos grados de sofisticación. United inauguró su Friendship Room, un salón de sillas giratorias y mesas de cóctel en la cubierta superior de sus aviones, reforzando su eslogan de “Fly the Friendly Skies” con una ambientación propicia para la conversación relajada. Continental, por su parte, apostó por el entretenimiento con sus pub flights en naves que ofrecían barra completa, juegos electrónicos, dibujos animados, noticieros y pop.

El Friendship Room de United Airlines, un salón aéreo a bordo de sus 747.

Hacia finales de los 70, sin embargo, las aerolíneas comenzaron a priorizar la rentabilidad por sobre la teatralidad. Los bares, pianos y pistas de baile cedieron lugar a filas adicionales de asientos. Los márgenes eran cada vez más estrechos, y la experiencia sensorial se rindió frente a la eficiencia.

Mientras los bares con alas comenzaban a desaparecer, sobre la tierra firme de Rochester, Nueva York, la nostalgia por los cielos de lujo encontró su mejor expresión en el Club 747. Inaugurado en noviembre de 1977, este club nocturno replicó con un grado de fidelidad sorprendente la experiencia del Boeing 747.

Diseñado por el empresario Jim Cosentino, el lugar tenía fachada de fuselaje, acceso con “tarjetas de embarque”, cabinas de DJ con forma de cockpit, asientos de avión reciclados y pantallas gigantes que proyectaban aviones despegando y aterrizando, acompañados por sonidos reales de turbina. Los camareros vestían de pilotos y las camareras llevaban uniformes blancos ajustados, completando la fantasía.

Con esa ecuación, el Club 747 resultó en un éxito rotundo. En sus primeras tres semanas atrajo a más de 15.000 personas. La capacidad era de apenas 595 por noche, lo que generaba largas filas y una atmósfera de exclusividad, especialmente los viernes y sábados, cuando el salón se llenaba de trajes blancos, vestidos de satén y tacos altos.

El club vivió su apogeo durante los años dorados de la música disco. Fue lugar de encuentro para una generación que buscaba evadirse, conectarse y brillar. Incluso llegó a cerrar y reabrir con una renovación de medio millón de dólares en 1985, ampliando su pista de baile al doble de tamaño al incorporar espacio del vecino Record Theater. Pero el final era inevitable. La era disco comenzaba a declinar y el club cerró definitivamente en 1986.

Todas estas historias de bares a bordo son ejemplos contundentes de cómo la arquitectura de interiores puede desafiar los contextos tradicionales, integrando escenografía, tecnología y experiencia inmersiva. Recordar estas apuestas por la teatralidad y el diseño emocional puede inspirar nuevas formas de pensar el espacio. Porque a veces, el diseño no solo debe llevarnos a destino, sino hacernos disfrutar del viaje.

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